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AGREGATION INTERNE D'ESPAGNOL

Session 2004 Exposé de la préparation d'un cours suivi d'un entretien

 

Vous souhaitez étudier avec vos élèves les documents de ce dossier.

Votre objectif est double : amener vos élèves à comprendre le sens des documents et veiller à l'enrichissement linguistique de leur expression.

 Comment procédez-vous ? Vous exposerez en les justifiant la démarche adoptée et les choix opérés.

Quel(s) type(s) d'évaluation envisagez-vous à l'issue de cette séquence ?

Fernando Botero : Tremblement de terre,  2000 Huile sur toile, 195 x 127 cm

 

 EDITORIAL

Catástrofe en México

EL PAÍS | Opinión - 21-09-1985

EL MUNDO antiguo descargaba su horror ante la gran catástrofe atribuyéndola a un designio o a una decisión divina; hoy, ante sucesos como el de México, no tenemos asideros metafísicos ni supersticiosos, y nos quedamos solos ante lo que definimos como nuestras propias responsabilidades, que son igualmente ficticias. Quizá estemos construyendo una civilización demasiado vulnerable, nos decimos, demasiado apta para ser rasgada por la brutalidad de las fuerzas naturales. Se escapa su fuerza de unas manos nuestras no tan poderosas, tan inteligentes o tan astutas como creíamos; pero no tan desgraciadas como el choque emocional con el suceso inmediato nos puede hacer creer. [...]

Toda civilización es vulnerable, y todas avanzan levantándose una y otra vez después de cada tropezón de ciego. Ninguno es inútil. Hay una vieja lucha entablada contra las fuerzas naturales y cualquier impresión de que las estamos desafiando invierte la realidad. Lo que hacemos, en efecto es, por el contrario, resistir al desafío. Por ello, toda sensación de culpabilidad es supersticiosa y arcaica, y obedece a viejos inconscientes colectivos. Y la catástrofe, el desastre, el suceso imprevisto, son hijos de sí mismos.

Cualquier derivación seudofilosófica o política que pudiéramos hacer de la catástrofe que ha sufrido la ciudad de México, así como de otra serie de desastres naturales que se vienen sucediendo con una intermitencia que la abundancia de información nos hace suponer más frecuente que en el pasado, no debe ocupar ningún tiempo práctico. De lo que se trata ahora es, en primer lugar, de socorrer a las víctimas, con una solidaridad de civilización, a la que España debe acudir -y ha comenzado ya a hacerlo, incluso con una premura que ha tenido que ser sosegada para que no se convirtiera en contradictoria- de una manera especial, no sólo por trazos de unión antigua y de largas comunidades de lenguaje y pensamiento, sino por el recuerdo vivo de la solidaridad que ese país prestó a las víctimas españolas de una catástrofe totalmente antinatural como fue la guerra civil. Nadie debe sentirse indiferente ante ese dolor hermano, yendo incluso más allá del cálculo de que las campanas que doblan hoy sobre México pueden sonar mañana en España.

En segundo lugar, hay que aprender de la experiencia. El desafío de la naturaleza sigue en pie y nos recuerda que la doma de los imprevistos no está apenas iniciada, pese a todos sus avances; hay que responder a ese desafío una vez más, estudiando las causas, los posibles perfeccionamientos en las alarmas, la arquitectura antisísmica o los recursos ante el terremoto. La civilización actual es, efectivamente, vulnerable, pero es la única posible. Con su trágica experiencia, México nos ofrece el inacabable aprendizaje de la fatalidad unida al destino de los seres que habitan este mundo, todavía capaz de descubrir, más allá de toda la tecnología y el conocimiento científico, la debilidad de la condición humana.

En 1985, en México, el distrito federal y sus alrededores fueron sacudidos por un violento terremoto de una magnitud de 8.1 grandos en la escala de Richter, que provocó cerca de 10.000 muertos, 40.000 heridos y gravísimos daños.

 

 

Comenzó el cataclismo a las cuatro de la madrugada. (...)

Clara sintió que el suelo se sacudía y no pudo sostenerse en pie. Cayó de rodillas. Las tejas del techo se desprendieron y llovieron a su alrededor con un estrépito ensordecedor. Vio la pared de adobe de la casa quebrarse como si un hachazo le hubiera dado de frente, la tierra se abrió, tal como lo había visto en sus sueños, y una enorme grieta fue apareciendo ante ella, sumergiendo a su paso los gallineros, las artesas del lavado y parte del establo. El estanque de agua se ladeó y cayó al suelo desparramando mil litros de agua sobre las gallinas sobrevivientes que aleteaban desesperadas. A lo jejos, el volcán echaba fuego y humo como un dragón furioso. Los perros se soltaron de las cadenas y corrieron enloquecidos, los caballos que escaparon al derrumbe del establo, husmeaban el aire y relinchaban de terror antes de salir desbocados a campo abierto, los álamos se tambalearon como borrachos y algunos cayeron con las raíces al aire, despachurrando los nidos de los gorriones. Y lo tremendo fue aquel rugido del fondo de la tierra, aquel resuello de gigante que se sintió largamente, llenando el aire de espanto. Clara trató de arrastrarse hacia la casa llamando a Blanca, pero los estertores del suelo se lo impidieron. Vio a los campesinos que salían despavoridos de sus casas, clamando al cielo, abrazándose unos con otros, a tirones con los niños, a patadas con los perros, a empujones con los viejos, tratando de poner a salvo sus pobres pertenencias en ese estruendo de ladrillos y tejas qué salían de las entrañas mismas de la tierra, como un interminable rumor de fin de mundo. (...)

Los destrozos del terremoto sumieron al país en un largo luto. No bastó a la tierra con sacudirse hasta echarlo todo por el suelo, sino que el mar se retiró varias millas y regresó en una sola gigantesca ola que puso barcos sobre las colinas, muy lejos de la costa, se llevó caseríos, caminos y bestias y hundió más de un metro bajo el nivel del agua a varias islas del Sur. Hubo edificios que cayeron como dinosaurios heridos, otros se deshicieron como castillos de naipes, los muertos se contaban por millares y no quedó familia que no tuviera alguien a quien llorar. E1 agua salada del mar arruinó las cosechas, los incendios abatieron zonas enteras de ciudades y pueblos y por último corrió la lava y cayó la ceniza como coronación del castigo, sobre las aldeas cercanas a los volcanes. La gente dejó de dormir en sus casas, aterrorizada con la posibilidad de que el cataclismo se repitiera, improvisaban carpas en lugares desiertos, dormían en las plazas y en las calles. Los soldados tuvieron que hacerse cargo del desorden y fusilaban sin más trámites a quienes sorprendían robando, porque mientras los más cristianos atestaban las iglesias clamando perdón por sus pecados y rogando a Dios para que aplacara su ira, los ladrones recorrían los escombros y donde aparecía una oreja con un zarcillo o un dedo con un anillo, los volaban de una cuchillada, sin considerar que la víctima estuviera muerta o solamente aprisionada en el derrumbe. Se desató un zafarrancho de gérmenes que provocó diversas pestes en todo el país. El resto del mundo, demasiado ocupado en otra guerra, apenas se enteró de que la naturaleza se había vuelto loca en ese lejano lugar del planeta, pero así y todo llegaron cargamentos de medicinas, frazadas, alimentos y materiales de construcción, que se perdieron en los misteriosos vericuetos de la administración pública, hasta el punto de que años después, todavía se podían comprar los guisos enlatados de Norteamérica y la leche en polvo de Europa, al precio de refinados manjares en los almacenes exclusivos.

 Isabel Allende, La casa de los espíritus, 1982, Edit. Plaza & Janés.

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