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AGREGATION INTERNE D'ESPAGNOL

Session 2005

Épreuve orale d'admission - 1 Exposé de la préparation d'un cours

Vous envisagez d'étudier ces trois documents dans une classe de Terminale :

- Alejo Carpentier, El arpa y la sombra, 1era parte, « El arpa » (1979)

- Carlos Fuentes, El espejo enterrado, cap. VI, « La conquista y reconquista del Nuevo Mundo»(1992)

- Oleo sobre métal, anónimo, Incendio (ex voto dedicado a la Virgen de Guadalupe), 1918, Guadalajara, 25,7x36 cm, colección particular.

Vous définirez, au préalable, en le justifiant, l'axe thématique choisi.

En vous appuyant sur celui-ci, vous exposerez la démarche adoptée pour aborder l'étude de ces documents et préciserez les objectifs linguistiques qui vous semblent pertinents.

Quels travaux écrits et oraux proposez-vous ?

Quel type d'évaluation envisagez-vous à l'issue de cette séquence ?

Note :

Giovanni Maria Mastai Ferretti a été pape de 1846 à 1878 sous le nom de Pie IX. Il prononce en 1854 le dogme de l'Immaculée Conception et publie en 1864 le Syllabus, « résumé renfermant les principales erreurs de notre temps». En 1870, il fait proclamer par le concile Vatican I le dogme de l'infaillibilité pontificale.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lo ideal, lo perfecto, para compactar la fe cristiana en el viejo y nuevo mundo, hallándose en ello un antídoto contra las venenosas ideas filosóficas que demasiados adeptos tenían en América, sería un santo de ecuménico culto, un santo de renombre ilimitado, un santo de una envergadura planetaria, incontrovertible, tan enorme que, mucho más gigante que el legendario Coloso de Rodas, tuviese un pie asentado en esta orilla del Continente y el otro en los finisterres europeos, abarcando con la mirada, por sobre el Atlántico, la extensión de ambos hemisferios. Un San Cristóbal, Christophoros, Porteador de Cristo, conocido por todos, admirado por los pueblos, universal en sus obras, universal en su prestigio. Y, de repente, como alumbrado por una iluminación interior, pensó Mastai en el Gran Almirante de Fernando e Isabel. Con los ojos fijos en el cielo prodigiosamente estrellado, esperó una respuesta a la pregunta que de sus labios se había alzado. Y creyó oír el verso de Dante:

«Nada te digo, para que busques en ti mismo

Pero al punto se sintió agobiado por la conciencia de su propia pequeñez: para promover la canonización del Gran Almirante, para presentar su postulación a la Sacra Congregación de Ritos, hubiese sido necesario tener la autoridad de un Sumo Pontífice, o, al menos, de un Príncipe de la Iglesia —pues mucho tiempo había transcurrido desde la muerte del Descubridor de América, y su caso, francamente, no era de los más ordinarios...— y él, modestísimo subordinado de la Curia, sólo era el obscuro canónigo Mastai, integrante derrotado de una fracasada misión apostólica. Se cubrió el rostro con las manos, en esa noche tendida sobre la inmensidad de Cabo de Hornos, para ahuyentar de su mente una idea que, por lo enorme, rebasaba sus posibilidades de acción. Sí. Aquella noche memorable, se cubrió el rostro con las manos, pero esas manos eran las mismas que ahora vacilaban entre el tintero y una pluma, manos estas que eran hoy las de Su Santidad el Papa Pío Nono. ¿Por qué esperar más? Llevaba años acariciando ese sueño, sueño que en el momento se haría realidad, mostrándose al mundo la canonización de Cristóbal Colón como una de las obras máximas de su ya largo pontificado. Releyó lentamente un párrafo del texto propuesto a su alención por el Primado de Burdeos: «Eminenlissimus quippe. Princeps Cardinalis Donnet, Archieplscopus Burdigalensis, quatiior ab hiñe annis expostdt sanctitati tuae venerationem fidelium erga servum Dei Chrisíophorum Cohunbwn, enixe deprecans pro introductione illius causae exceptionali ordine.» *

Y, pasando a la hoja que acompañaba la solicitud, su mano rubricó firmemente el decreto por el cual se autorizaba la apertura de la instrucción y proceso. Y Su Santidad cerró el cartapacio encarnado de los documentos, con un suspiro de alivio y la impresión de haber culminado una gran tarea.

ALEJO CARPENTIER, El arpa y la sombra , 1era parte « El arpa » (1979)

 

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La fuga de los dioses, que abandonaron a su pueblo; la destrucción de los templos; las ciudades arrasadas; el saqueo y destrucción implacables de las culturas; la devastación de la economía indígena por la mina y la encomienda. Todo ello, además de un sentimiento casi paralizante de asombro, de maravilla ante lo que ocurría, obligaba a los indígenas a preguntar: ¿Dónde hallar la esperanza? Era difícil encontrar ni siquiera un destello en el largo túnel que el mundo indígena parecía recorrer. ¿Cómo evitar la desesperanza y la insurrección? Ésta fue la pregunta propuesta por los humanistas de la colonia, pero también por sus más sabios, y astutos, políticos. Una respuesta fue la denuncia de Bartolomé de las Casas. Otra, las comunidades utópicas de Quiroga y los colegios indígenas de la Corona. Pero en verdad fue el segundo virrey y primer arzobispo de México, Fray Juan de Zumárraga, quien halló la solución duradera: darle una madre a los huérfanos del Nuevo Mundo.

A principios de diciembre de 1542, en la colina del Tepeyac cerca de la Ciudad de México, un sitio previamente dedicado al culto de una diosa azteca, la virgen de Guadalupe se apareció portando rosas en invierno y escogiendo a un humilde tameme, o cargador indígena, Juan Diego, como objeto de su amor y de su reconocimiento. De un golpe maestro, las autoridades españolas transformaron al pueblo indígena de hijos de la mujer violada en hijos de la purísima Virgen. De Babilonia a Belén, en un relámpago de genio político. Nada ha demostrado ser más consolador, unificante y digno del más feroz respeto en México, desde entonces, que la figura de la virgen de Guadalupe, o las figuras de la virgen de la Caridad del Cobre en Cuba, o de la virgen de Coromoto en Venezuela. El pueblo conquistado había encontrado a su madre.

También encontraron un padre. México le impuso a Cortés la máscara de Quetzalcóatl. Cortés la rechazó y, en cambio, le impuso a México la máscara de Cristo. Desde entonces, ha sido imposible saber quién es verdaderamente adorado en los altares barrocos de Puebla, Oaxaca y Tlaxcala: ¿Cristo o Quetzalcóatl? En un universo acostumbrado a que los hombres se sacrificasen a los dioses, nada asombró más a los indios que la visión de un Dios que se sacrificó por los hombres. La redención de la humanidad por Cristo es lo que fascinó y realmente derrotó a los indios del Nuevo Mundo. El verdadero regreso de los dioses fue la llegada de Cristo. Cristo se convirtió en la memoria recobrada, el recuerdo de que en el origen los dioses se habían sacrificado en beneficio de la humanidad. Esta nebulosa memoria, disipada por los sombríos sacrificios humanos ordenados por el poder azteca, fue rescatada ahora por la Iglesia cristiana. El resultado fue un sincretismo flagrante, la mezcla religiosa de la fe cristiana y la fe indígena, una de las fundaciones culturales del mundo hispanoamericano. Y, sin embargo, existe un hecho llamativo: todos los Cristos mexicanos están muertos, o por lo menos, agonizan. En el calvario, en la cruz, tendidos en féretros de cristal, todo lo que se ve en las iglesias populares de México son imágenes de Cristo postrado, sangrante y solitario. En contraste, las vírgenes americanas, como las españolas, están rodeadas de gloria y celebración perpetuas, flores y procesiones. Y el decorado mismo que rodea a estas figuras, la gran arquitectura barroca de la América Latina es en sí una forma de celebración de la nueva fe, pero es al mismo tiempo una celebración riesgosa de las viejas religiones supervivientes.

La maravillosa capilla de Tonantzintla cerca de Cholula, en México, es una de las más llamativas confirmaciones del sincretismo como elemento dinámico de la cultura de la contraconquista. Lo que aquí ocurrió se repitió a lo largo y ancho de la América Latina. Los artesanos indígenas recibieron grabados de los santos y otros motivos religiosos de manos de los evangelizadores cristianos, quienes les pidieron reproducirlos dentro de las iglesias. Pero los antiguos albañiles y artesanos de los templos indígenas querían hacer algo más que copiar. Deseaban celebrar a sus dioses viejos, al lado de los nuevos dioses, pero esta intención hubo de enmascararse mediante una mezcla del elogio de la naturaleza con el elogio del cielo, fundiéndolos de manera indistinguible.

Tonantzintla es, en efecto, una recreación indígena del paraíso indígena. Blanca y dorada, la capilla es una cornucopia de la abundancia en la que todas las frutas y flores del trópico ascienden hacia la cúpula, hacia el sueño de la abundancia infinita. El sincretismo religioso triunfó y, con él, de alguna manera, los conquistadores fueron conquistados.

En Tonantzintla, los indígenas se pintan a sí mismos como ángeles inocentes rumbo al paraíso, en tanto que los conquistadores españoles son descritos como diablos feroces, bífidos y pelirrojos. El paraíso, después de todo, puede ser recobrado.

Carlos Fuentes, El espejo enterrado, cap. VI, « La conquista y reconquista del Nuevo Mundo»(1992)

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Oleo sobre metal, anónimo, Incendio (ex voto dedicado a la Virgen de Guadalupe), 1918, Guadalajara, 25,7x36 cm, colección particular.

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