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Agrégation interne d'espagnol, session 2005 « virtuelle » (sujet inédit)

 Epreuve orale d'admission

 Exposé de la préparation d'un cours suivi d'un entretien

 ·        Comment utiliserez-vous ces trois documents dans une classe de seconde pour aider vos élèves à découvrir Don Quijote de la Mancha ?

·        Quelle stratégie mettrez-vous en œuvre pour intégrer cet objectif culturel dans le cadre d’un enrichissement linguistique ?

·        Votre exposé devra s’attacher à justifier avec précision la stratégie proposée pour atteindre les objectifs fixés ainsi que la manière d’en vérifier l’efficacité.

 

 


 

 

Urgencias del Quijote

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Nunca hay que dar por leído el Quijote, nunca hay que darlo por supuesto. A muchas obras maestras reconocidas y santificadas les ocurre eso, que nos son tan familiares que nos creemos exculpados de la obligación de leerlas, y así resulta que algunos de nuestros libros que más podrían hacer por nuestra felicidad y nuestra inteligencia apenas los frecuentamos, porque absurdamente los damos por sabidos. Pero no es algo que suceda sólo con la literatura. Creemos, por ejemplo, que Las Meninas es un cuadro tan obvio que ya no puede reservarnos ninguna sorpresa, así que el día en que entramos en El Prado y nos quedamos mirando esa pintura su visión nos sobrecoge como si nunca antes la hubiéramos tenido delante de los ojos, y lo que nos parecía más sabido se nos revela enigmático, y toda la niebla de las reproducciones y de los recuerdos inexactos se borra en un instante gracias a la maravilla urgente y material de ese cuadro. ¿Cuánto hace que no leemos Crimen y Castigo, (…) Hamlet, Campos de Castilla, La Iliada? ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que yo leí completo el Quijote, de la primera página a la última, desde la ironía ligera y triste del prólogo al desocupado lector hasta esos últimos episodios en los que la agonía y la muerte de Alonso Quijano alcanzan una categoría suprema de arte funeral, una tonalidad severa y serena de Requiem?

Hay que volver al Quijote no sólo para encontrar lo que ya conocemos, sino para descubrir lo que hasta ahora nos pasó inadvertido en todas las lecturas anteriores, para ponernos al día en un libro que parece estar cambiando siempre, que va más rápido que nosotros en nuestro propio aprendizaje de la vida y la literatura. El propio Cervantes intuye en el prólogo de la primera parte la resonancia plural que ha de tener el libro: "Procurad también que leyendo vuestra historia el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no se desprecie, ni el prudente deje de alabarla".

Pedro Salinas, que leyó y amó tanto el Quijote, habla en alguna parte de la "novedad incesante de la tradición". Ahora que la llamada vida cultural es una feria permanente de vanidades y de novedades, un supermercado en el que se nos acucia para estar al día, a la última, para no quedarnos anticuados sin remedio en quince minutos, el mejor antídoto contra la confusión de tanto fraude, de tantas cosas nuevas que al cabo de una temporada se han vuelto viejas o han dejado simplemente de existir, es procurar sustentarse en las novedades que vienen durando siglos y no porque sean más rocosas o solemnes, más abrumadoramente catedralicias, sino porque a cada lector de cada generación de cada época le cuentan la misma historia y a la vez una historia distinta, se le presenta en la imaginación con una luz nueva que ya alumbró antes a muchos lectores, pero que siempre parece una luz recién originada, porque los grandes libros tienen la extraña virtud de parecer que fueron escritos por cada uno de nosotros, a la medida de cada una de nuestras edades, de cada estado de espíritu. Yo he estado triste y el Quijote me ha ahondado la tristeza y al mismo tiempo me ha permitido reírme de ella, y he sido feliz disfrutando de unas horas de pereza y sus páginas me han hecho sentirme más feliz y perezoso todavía, "poltrán y perezoso", para explicarlo con las palabras de Cervantes.

A los doce años fue para mí un libro de aventuras y de risa; a los quince me fortaleció y me acompañó en las soledades y las rarezas de la adolescencia, porque a esa edad nada le hace sufrir más a uno que el sentimiento de no ser igual a nadie, y don Quijote era el más raro, el menos semejante, el más ridículo y conmovedor de todos los héroes; con veinte años, cuando empezaba a interesarme seriamente por las sutilezas de los mecanismos narrativos, en el Quijote encontré un tratado inagotable de juegos y de trampas literarias, de audacias, de reflexiones sobre la propia literatura, de libros y de seres de ficción que se mezclan con las criaturas de la realidad. Me ha acompañado en los viajes cuando he ido solo, y muchas veces también ha sido un tesoro que he disfrutado compartiendo con quien yo quería, leyéndoselo en voz alta. Me ha enseñado a leer y me ha enseñado a escribir, a amar la literatura y a burlarme de ella, a no perderme entre la doble solicitud de los libros y de la vida, de la cordura y de la demencia, de la carcajada jovial y la sonrisa de lector solitario que ni siquiera roza los labios.

(…)Así que es urgente, hay que ponerse al día, hay que estar a la que salta, a la última, hay que empezar ahora mismo a leer o a releer el Quijote.

Antonio Muñoz Molina, Publicado en el semanario Blanco y Negro del 18/6/99

 

Capítulo III
Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo don Quijote en armarse caballero

Y ASÍ, fatigado deste pensamiento, abrevió su venteril y limitada cena; la cual acabada, llamó al ventero y, encerrándose con él en la caballeriza, se hincó de rodillas ante él, diciéndole:

-No me levantaré jamás de donde estoy, valeroso caballero, fasta que la vuestra cortesía me otorgue un don que pedirle quiero, el cual redundará en alabanza vuestra y en pro del género humano.

El ventero, que vio a su huésped a sus pies y oyó semejantes razones, estaba confuso mirándole, sin saber qué hacerse ni decirle, y porfiaba con él que se levantase, y jamás quiso, hasta que le hubo de decir que él le otorgaba el don que le pedía.

-No esperaba yo menos de la gran magnificencia vuestra, señor mío -respondió don Quijote-; y así, os digo que el don que os he pedido, y de vuestra liberalidad me ha sido otorgado, es que mañana en aquel día me habéis de armar caballero, y esta noche en la capilla deste vuestro castillo velaré las armas; y mañana, como tengo dicho, se cumplirá lo que tanto deseo, para poder, como se debe, ir por todas las cuatro partes del mundo buscando las aventuras, en pro de los menesterosos, como está a cargo de la caballería y de los caballeros andantes, como yo soy, cuyo deseo a semejantes fazañas es inclinado.

El ventero, que, como está dicho, era un poco socarrón y ya tenía algunos barruntos de la falta de juicio de su huésped, acabó de creerlo cuando acabó de oírle semejantes razones, y, por tener qué reír aquella noche, determinó de seguirle el humor; y así, le dijo que andaba muy acertado en lo que deseaba y pedía, y que tal prosupuesto era propio y natural de los caballeros tan principales como él parecía y como su gallarda presencia mostraba; y que él, ansimesmo, en los años de su mocedad, se había dado a aquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo buscando sus aventuras, sin que hubiese dejado los Percheles de Málaga, Islas de Riarán, Compás de Sevilla, Azoguejo de Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla de Granada, Playa de Sanlúcar, Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo y otras diversas partes, donde había ejercitado la ligereza de sus pies, sutileza de sus manos, haciendo muchos tuertos, recuestando muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas y engañando a algunos pupilos y, finalmente, dándose a conocer por cuantas audiencias y tribunales hay casi en toda España; y que, a lo último, se había venido a recoger a aquel su castillo, donde vivía con su hacienda y con las ajenas, recogiendo en él a todos los caballeros andantes, de cualquiera calidad y condición que fuesen, sólo por la mucha afición que les tenía y porque partiesen con él de sus haberes, en pago de su buen deseo.

Díjole también que en aquel su castillo no había capilla alguna donde poder velar las armas, porque estaba derribada para hacerla de nuevo; pero que, en caso de necesidad, él sabía que se podían velar dondequiera, y que aquella noche las podría velar en un patio del castillo; que a la mañana, siendo Dios servido, se harían las debidas ceremonias, de manera que él quedase armado caballero, y tan caballero que no pudiese ser más en el mundo.

Preguntóle si traía dineros; respondió don Quijote que no traía blanca, porque él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que ninguno los hubiese traído. A esto dijo el ventero que se engañaba; que, puesto caso que en las historias no se escribía, por haberles parecido a los autores dellas que no era menester escrebir una cosa tan clara y tan necesaria de traerse como eran dineros y camisas limpias, no por eso se había de creer que no los trujeron; y así, tuviese por cierto y averiguado que todos los caballeros andantes, de que tantos libros están llenos y atestados, llevaban bien herradas las bolsas, por lo que pudiese sucederles; y que asimismo llevaban camisas y una arqueta pequeña llena de ungüentos para curar las heridas que recebían, porque no todas veces en los campos y desiertos donde se combatían y salían heridos había quien los curase, si ya no era que tenían algún sabio encantador por amigo, que luego los socorría, trayendo por el aire, en alguna nube, alguna doncella o enano con alguna redoma de agua de tal virtud que, en gustando alguna gota della, luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal alguno hubiesen tenido. Mas que, en tanto que esto no hubiese, tuvieron los pasados caballeros por cosa acertada que sus escuderos fuesen proveídos de dineros y de otras cosas necesarias, como eran hilas y ungüentos para curarse; y, cuando sucedía que los tales caballeros no tenían escuderos, que eran pocas y raras veces, ellos mesmos lo llevaban todo en unas alforjas muy sutiles, que casi no se parecían, a las ancas del caballo, como que era otra cosa de más importancia; porque, no siendo por ocasión semejante, esto de llevar alforjas no fue muy admitido entre los caballeros andantes; y por esto le daba por consejo, pues aún se lo podía mandar como a su ahijado, que tan presto lo había de ser, que no caminase de allí adelante sin dineros y sin las prevenciones referidas, y que vería cuán bien se hallaba con ellas cuando menos se pensase.

Prometióle don Quijote de hacer lo que se le aconsejaba con toda puntualidad; y así, se dio luego orden como velase las armas en un corral grande que a un lado de la venta estaba; y, recogiéndolas don Quijote todas, las puso sobre una pila que junto a un pozo estaba y, embrazando su adarga, asió de su lanza y con gentil continente se comenzó a pasear delante de la pila; y cuando comenzó el paseo comenzaba a cerrar la noche.

 

Miguel de Cervantes, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, parte I, capítulo III, 1605.

 

 


El enderezador de entuertos

Tito Livio Madrazo, pintor español (1899-1979)
Óleo 96 x 71 cms.

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